A cuatro días del Mundial, la película México 86 revive el legado del Estadio Sergio León Chávez, sede mundialista y símbolo de una ciudad que hoy espera recuperar el fútbol profesional.
Faltan apenas cuatro días para que el balón vuelva a rodar en una Copa del Mundo. Cuatro días para que millones de personas detengan por un momento sus preocupaciones y vuelvan a creer en algo tan improbable como hermoso: que once personas persiguiendo una pelota pueden hacer que el mundo entero se ponga de acuerdo.
Hace unos días se estrenó la película México 86. Más allá de la nostalgia mundialista, hubo una imagen que me atrapó (como a muchos). Apenas unos segundos. Una toma fugaz. Ahí estaba el Estadio Sergio León Chávez de Irapuato.
Es curioso cómo ciertos lugares viven dos veces. Primero cuando ocurren los hechos y después cuando la memoria decide volver a ellos.
El estadio de Irapuato fue mundialista. Por sus gradas desfilaron selecciones, aficionados y periodistas de todas partes del planeta. Durante unas semanas, el mundo miró hacia esta ciudad fresera que, sin saberlo, estaba escribiendo una pequeña página de la historia universal del fútbol.
Hoy, cuarenta años después, la pregunta parece dolorosamente distinta. Ya no nos preguntamos qué selecciones jugarán aquí. Nos preguntamos si habrá fútbol profesional. Nos preguntamos cuál será el futuro de un estadio que recibió una importante inversión pública y que fue renovado precisamente para seguir siendo escenario de grandes historias.
Los estadios son extraños monumentos. No se construyen para admirarse. Se construyen para ser habitados por la emoción. Un estadio vacío es una especie de contradicción arquitectónica; es un corazón diseñado para latir que de pronto deja de escuchar los pasos de quienes le dan sentido.
Alguna vez leí una frase que me pareció maravillosa. Decía que el Sergio León Chávez era, probablemente, el estadio más rojo del mundo.
Y tenía sentido. En el Mundial de 1986 jugaron ahí Canadá. También la Hungría comunista. También la Unión Soviética. Y por supuesto la Trinca Fresera de Irapuato, cuyo color rojo no proviene de una ideología, sino de una fruta que terminó convirtiéndose en símbolo de identidad para toda una ciudad.
Rojo de las banderas.
Rojo de las camisetas.
Rojo de las fresas.
Rojo de la pasión.

Quizá por eso el estadio sigue provocando algo especial. Porque más allá del concreto, guarda capas de memoria superpuestas como sedimentos emocionales. Cada generación le ha dejado algo: un gol, una derrota, una tarde de lluvia, una celebración inolvidable o una fotografía que todavía duerme en algún cajón.
Ahora que el Mundial está tan cerca, resulta inevitable mirar hacia este inmueble y preguntarse qué historias le quedan por contar. Porque los estadios, igual que las ciudades, necesitan futuro para sobrevivir. La nostalgia es hermosa, pero no alcanza para llenar las tribunas.
Tal vez el verdadero homenaje a aquel Mundial de 1986 no sea recordar que Irapuato fue sede mundialista. Tal vez sea garantizar que ese estadio siga teniendo razones para abrir sus puertas. Porque mientras exista fútbol, existirá la posibilidad de volver a soñar.
Y hay sueños que, como el color rojo en esta ciudad, simplemente se niegan a desaparecer.













Deja tu comentario
Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *